Samir AMIN: La alternativa al sistema neoliberal de globalización y militarismo. El Imperialismo actual y la Ofensiva Hegemónica de Estados Unidos
es la traducción al español por Juanma Madariaga para la RED VASCA ROJA de un texto de Samir Amin fechado el 25 de febrero de 2003 y presentado por el autor en la Conferencia Internacional "La obra de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI" celebrada en La Habana entre el 5 y el 8 de mayo de 2003.
La alternativa al sistema neoliberal de globalización y militarismo.
El Imperialismo actual y la Ofensiva Hegemónica de Estados Unidos
SAMIR AMIN, 25 feb 2003
ÍNDICE
I. LA ALTERNATIVA: PROGRESO SOCIAL, DEMOCRATIZACIÓN E INTERDEPENDENCIA NEGOCIADA
1. Lo que la gente necesita, hoy como ayer, son proyectos para toda la sociedad (nacional y/o regional) articulados con estructuras globales reguladas y negociadas (asegurando una complementariedad relativa entre ellas) y que permitan avances simultáneos en tres direcciones :
– Progreso Social: eso exige que el progreso económico (innovaciones, avances en la productividad, la expansión eventual del mercado) se vea acompañado por beneficios sociales para todos (garantizando el empleo, la integración social, la reducción de las desigualdades, etc.).
– La democratización de la sociedad en todas las dimensiones, entendida como proceso sin fin y no como un «diseño», definido de una vez para siempre. La democratización debe alcanzar a las esferas social y económica sin restringirse únicamente a la política.
– El fortalecimiento de un desarrollo económico y social para toda la sociedad, y la construcción de formas de globalización que ofrezcan esa posibilidad. Debe entenderse que el ineludible carácter autocentrado del desarrollo no excluye ni la apertura (con la condición de que permanezca controlada) ni la participación en la «globalización» ("interdependencia»). Pero supone también que éstas se formulen en términos que permitan la reducción –en lugar de la acentuación– de las desigualdades de riqueza y poder entre naciones y regiones.
2. La «alternativa» que definimos por avances en esas tres direcciones exige que las tres progresen en paralelo. Las experiencias de la historia moderna, basadas en la prioridad absoluta concedida a la «independencia nacional», a la que se subordinaba o incluso sacrificaba el progreso social, pero siempre sin democratización, han demostrado una y otra vez su incapacidad para superar límites históricos rápidamente alcanzados. Como contrapunto complementario, los proyectos contemporáneos de democracia que han aceptado sacrificar el progreso social y la autonomía a la interdependencia globalizada no han contribuido a reforzar el potencial emancipador de la democracia, sino que por el contrario lo han erosionado, llegando a desacreditarlo y deslegitimarlo. Si, como pretende el discurso neoliberal predominante, no existe otra alternativa que someterse a las demandas del mercado, y si eso produjera por sí mismo el progreso social (lo que no es cierto), ¿para qué molestarse en votar? Los gobiernos elegidos se convierten en decoraciones superfluas, ya que el «cambio» (una sucesión de diferentes rostros para hacer siempre lo mismo) sustituye a las opciones alternativas que definen la democracia. La reafirmación de la política y la cultura de la ciudadanía define la posibilidad misma de una alternativa necesaria a la decadencia de la democracia.
3. Es por tanto necesario avanzar en las tres dimensiones de la alternativa, conectadas entre sí. Se puede ir poco a poco, desarrollando estrategias paso a paso que permitan la consolidación del progreso, incluidas algunas tan modestas que se podrían lograr inmediatamente, para ir avanzando al tiempo que se minimiza el riesgo de fracaso, de salirse de la pista o de retroceder.
4. Concretar esa estrategia de progreso paso a paso exige tener en cuenta la evolución de la ciencia y la tecnología y la aceleración de las revoluciones que ha impulsado (en todas sus dimensiones: nuevas riquezas, fuerzas potencialmente destructivas creadas por esas revoluciones, transformaciones de la organización del lugar de trabajo y de las estructuras sociales, etc.). Pero eso no significa someterse a ellas, con la vana esperanza de que esas revoluciones posean la capacidad «mágica» de resolver por sí mismas los desafíos del progreso social y la democratización. Es precisamente al contrario, integrando lo «nuevo» en una dinámica socialmente controlada, como podremos aprovechar su potencial emancipador.
5. El proyecto social abusivamente calificado de liberal (y en su forma extrema neoliberal) se basa en el sacrificio del progreso social a las exigencias unilaterales del beneficio a corto plazo de los sectores dominantes del capital (las 500 o 5000 mayores corporaciones transnacionales). A través de esa sumisión unilateral de los trabajadores, los seres humanos, las naciones... a la lógica del mercado, se expresa sin duda la utopía permanente del capital (según la cual todos los aspectos de la vida deben adaptarse a las exigencias de la obtención de beneficios), una utopía en muchos sentidos infantil, sin ninguna base científica ni ética. Es a través de esa sumisión como el progreso social y la democracia se han visto vaciados de toda realidad.
6. A escala global, esa sumisión sólo puede reproducir y profundizar las desigualdades entre naciones y regiones, especialmente teniendo en cuenta las nuevas estructuras que se adecuan a las exigencias del capital que ha alcanzado un nuevo nivel de desarrollo. Eso significa que los «monopolios» (considerados a veces ventajas comparativas) que los que se benefician los oligopolios de los centros dominantes (la tríada), no tienen que ver únicamente con la industria, sino también con otras formas de control económico, social y político (el control de la tecnología, reforzado por prácticas abusivas de propiedad industrial e intelectual, el acceso a los recursos naturales del planeta, la posibilidad de influir sobre las opiniones controlando la información, la centralización extrema de los medios para intervenir financieramente, los pocos Estados que disponen de armas de destrucción masiva, etc.).
7. La economía de «mercado» y el poder político del Estado, incluido su aspecto militar, son hoy día, como lo han sido siempre, inseparables. Enfrentados a esa unidad establecida por el capital y los oligopolios transnacionales y los poderes políticos a su servicio, ¿cómo podemos construir contra-estrategias populares, que más allá de la «resistencia» hagan avanzar la alternativa definida antes? Ése es el desafío real.
II. COMBINAR LA EXPANSIÓN DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y LA RECONSTRUCCIÓN DE LA CIUDADANÍA POLÍTICA
8. No hay ninguna sociedad moderna que permanezca absolutamente inmutable. En ese sentido, la existencia de «movimientos sociales», visibles o no, claramente organizados o enmascarados, crista-lizados en torno a un programa de objetivos definidos en términos políticos o ideológicos o indiferentes a los «discursos» o a la «política de los políticos», unidos o fragmentados, no es nada nuevo.
9. Lo que sí es «nuevo» y caracteriza al movimiento actual, es que los «movimientos sociales» (o la «sociedad civil») –para utilizar los términos de moda– están fragmentados y menosprecian la política, las ideologías, etc. Eso es al mismo tiempo causa y (más aún) efecto de la erosión de la batalla social y la política en el período anterior de la historia contemporánea (tras la segunda guerra mundial), y a ello se debe el debilitamiento de su eficacia y por ende de su credibilidad y legitimación. Esa erosión se produjo en el contexto de un desequilibrio fundamental y el capital dominante se ha aprovechado de ese vacío, sometiendo a los pueblos y sociedades a la lógica exclusiva de sus exigencias, proclamando la eternidad de su «reinado» y pretendiendo que éste es racional e incluso beneficioso (el fin de la historia, etc.), es decir, la perenne utopía del capitalismo. Esta coyuntura se manifiesta en absurdos tales como «no hay alternativa» o en la concepción de un «movimiento social» con la capacidad para transformar el mundo sin definir sus objetivos y planes.
10. Existen «movimientos sociales» –en plural–, y van reforzando su presencia y sus acciones en todo el mundo. Ni siquiera es necesario ofrecer ejemplos: clases y luchas de clase, movimientos por la democracia, derechos de las mujeres, de las naciones, campesinos, ecologistas, son sólo algunas de sus expresiones. La transformación del mundo por la cristalización de la alternativa sólo puede tener lugar mediante la implicación activa en esos movimientos, pero también exige que sepan pasar progresivamente de la defensiva a la ofensiva, de la fragmentación a la convergencia en la diversidad, a fin de convertirse en agentes decisivos de proyectos innovadores y eficaces para construir estrategias políticas destinadas a los ciudadanos.
11. Reconocer las debilidades del movimiento actual no significa menospreciarlo ni añorar con nostalgia un pasado que no volverá, sino optar por actuar para reforzar su potencial emancipador.
12. El adversario del pueblo es el capital oligárquico y globalizado y el imperialismo dominante, la totalidad de los poderes políticos, que por el momento están por entero a su servicio, es decir, los gobiernos de la tríada (ya que la derecha y la izquierda comparten la misma inclinación por el «liberalismo»), y sobre todo el de Estados Unidos (donde los partidos republicano y demócrata comparten la misma visión de su papel hegemónico) y los de las clases dominantes en todos los países del Sur. Ese adversario despliega una estrategia económica, política, ideológica y militar que utiliza todas las instituciones establecidas para servirle (OCDE, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio, OTAN, etc.). Tiene sus centros de «reflexión» y sus lugares de encuentro (en particular Davos, pero también universidades con sus departamentos de economía tradicionales). Controlan las «modas» y deciden qué palabras promocionar, qué discursos difundir: «democracia», «derechos humanos» (entendido como término manipulador), «guerra contra la pobreza», «disolución de las naciones» y promoción paralela de «comunidades», la guerra contra el «terrorismo», etc. La mayoría de los «movimientos» y los activistas que los dirigen van hasta ahora siempre un paso por detrás, respondiendo con retraso –mejor o peor– a su estrategia o su discurso. Debemos liberarnos de esas posiciones reflexivas y defensivas, creando muestro propio discurso, nuestras estrategias, nuestros objetivos, nuestro lenguaje. Tenemos un largo camino por hacer.
13. Sólo podemos avanzar en esa dirección si somos capaces de analizar sistemáticamente la estrategia del adversario en sus dimensiones globales y en sus expresiones locales y segmentadas. Esas estrategias no son en absoluto un bloque monolítico sin grietas; están llenas de contradicciones que debemos analizar, conocer, identificar y aislar. Tenemos que proponer contra-estrategias que aprovechen esas mismas contradicciones.
14. Frente a esa urgente necesidad, los «movimientos» parecen todavía muy débiles, ya que todavía no han reconocido la importancia de esa reflexión ni han extraído como conclusión la necesidad de unidad, por lo que permanecen fragmentados, a la defensiva, blandos en sus discursos y propuestas (algo que el enemigo conoce y de lo que se aprovecha). Debemos por tanto avanzar a niveles que hagan posible la cristalización de contra-estrategias de las fuerzas populares, en su visión e interdependencia global y en sus expresiones locales y segmentadas. Sólo cuando los principios de la alternativa sean definidos y consistentes, y puedan concretarse en programas y acciones ricos en diversidad y convergencia en cuanto a su impacto sobre la sociedad, podrá convertirse el «movimiento» en una fuerza históricamente transformadora.
15. El enemigo se asegura de hacer difícil nuestro avance, no sólo mediante intervenciones físicas cuando lo considera necesario (violencia policial, retrocesos en la democracia, apoyo a corrientes «fascistas» renovadas, guerras), sino también lanzando propuestas de forma que el «movimiento» siga siendo «apolítico», «blando» y un paso por detrás. La ideología «movimentista» contribuye a ello, ya que rechaza precisamente, y por principio, lo que estamos proponiendo: la convergencia en la diversidad de una reconstrucción de la política ciudadana. En esas condiciones, los movimientos y las formas organizativas que los apoyan (en concreto las ONG, que se consideran ahora con frecuencia la única manifestación posible de la sociedad civil) deben ser analizados críticamente. ¿Se adhieren a la perspectiva de la construcción de alternativas? ¿O son más bien utilizados por el sistema para alcanzar sus objetivos reales, utilizándolos como instrumentos «anti-alternativa»?
16. Sólo la reconstrucción de la política ciudadana permitirá al «movimiento» adquirir una amplitud que ponga en cuestión los desequilibrios que operan en favor del capital. Sólo esa reconstrucción permitirá el surgimiento de nuevos equilibrios sociales y una política que obligue al capital a «ajustarse» a exigencias que no provengan exclusivamente de su propia lógica, la que obliga a la gente adaptarse a las exigencias del capital en lugar de obligar al capital a adaptarse a las exigencias de la gente.
17. nuestro llamamiento está dirigido a todos –incluidos nosotros mismos–, a todos los implicados en varias acciones y encuentros en torno al Foro Social Mundial (Porto Alegre) y los foros nacionales y regionales. El Foro Mundial de Alternativas actuará como catalizador –con y entre otros– para la elaboración de contra-estrategias populares, eficaces y creíbles.
18. Las propuestas que siguen son sólo propuestas, que habrá quien considere erróneas, extremadas o provocadoras, pero que en mi opinión vale la pena discutir.
III. EL IMPERIALISMO COLECTIVO DE LA TRÍADA, LA OFENSIVA HEGEMÓNICA DE ESTADOS UNIDOS Y LA MILITARIZACIÓN DE LA GLOBALIZACIÓN
1. PRIMERA TESIS
19. El sistema global no es «postimperialista» sino imperialista. Comparte con otros sistemas imperialistas anteriores, que siempre condujeron la expansión del capitalismo global, varias características fundamentales y permanentes: no ofrece a los pueblos de la periferia (el Sur, para utilizar la jerga actual) –tres cuartas partes de la población mundial– ninguna posibilidad de «ponerse al día» y beneficiarse, para lo bueno o para lo malo, de las «ventajas» del nivel de consumo material reservado para la mayoría de la gente del centro; sólo produce y reproduce la profundización de la brecha «Norte/Sur».
20. Sin embargo, el imperialismo ha entrado, en varios aspectos, en una nueva fase de expansión. Eso está en relación directa con las transformaciones del capitalismo y el capital: revolución tecnológica, transformación del lugar de trabajo, dominación financiera globalizada, etc. Esas relaciones son tema de muchas investigaciones serias y animados debates. Pero una vez más el tono general está contaminado por la obsesión económica de algunos y la gentil política «blanda» de otros, hasta el punto de que frecuentemente se supone que el sistema ofrece una posibilidad a cuantos quieran aprovecharla; eso mismo expresa la debilidad de los «movimientos» y la eficacia del discurso dominante.
21. Debo insistir en otra nueva dimensión nueva del imperialismo. Las potencias imperialistas, a las que siempre se solía considerar en plural, dado que los permanentes y violentos conflictos económicos y políticos entre ellas siempre ocuparon el proscenio de la historia, han dado lugar ahora a un imperialismo en singular, el imperialismo colectivo de la «tríada» (Estados Unidos, Europa y Japón).
22. Los hechos ilustran claramente la realidad del carácter colectivo de esta nueva fase del imperialismo. Europa y Japón nunca mantienen posiciones diferentes a las de Estados Unidos en ninguna de las instituciones gestoras de la economía global, ya sea el Banco Mundial, el FMI o la OMC (recordemos las exigencias planteadas en 2001 en Doha a la OMC por el delegado europeo Pascal Lamy con respecto al Tercer Mundo, más severas aún que las de Estados Unidos).
23. ¿Cuáles son las razones de esa visión común de la tríada? ¿Hasta qué punto define la solidaridad que muestra una nueva etapa estable de la globalización imperialista? ¿Dónde podemos encontrar las eventuales contradicciones dentro de la tríada?
24. Solía ser habitual explicar esa solidaridad por razones políticas: la preocupación común frente a la Unión Soviética y el «comunismo». Pero la desaparición de esa amenaza no puso fin al frente común del «Norte»; Europa y Japón ya no dependen de Estados Unidos, como sucedía inmediatamente después de la segunda guerra mundial. Habiéndose convertido en serios rivales, cabía esperar que sus conflictos hubieran destruido la tríada. Al coincidir en el mismo proyecto neoliberal globalizado, resultó de hecho exactamente lo contrario. Me veo fuertemente tentado a explicar esa opción por las nuevas demandas de acumulación de capital de los oligopolios dominantes (las grandes transnacionales ancladas en los países de la tríada), que han alcanzado desde entonces un nivel de crecimiento sin precedentes. Su enorme tamaño les ha obligado –para su propia reproducción– a buscar acceso a un mercado global abierto. Para algunos, ese nuevo hecho significa que se está creando un auténtico capital transnacional, y por tanto una burguesía transnacional, cuestión que merece claramente una investigación más profunda. Para otros (incluido yo mismo), esa conclusión tan extrema no es necesaria, ya que los intereses comunes en la gestión del mercado global son lo bastante fuertes como para suscitar la solidaridad transnacional del capital.
25. Las contradicciones que podían haber destruido la tríada, o al menos debilitado su fuerza colectiva, no corresponden a intereses divergentes de los segmentos dominantes del capital. Su origen se hallaría en otra parte, ya que si bien el capital y los Estados son conceptos y realidades inseparables, la tríada –y hasta su componente europeo– sigue estando formada por Estados políticamente separados. El Estado no se puede reducir a sus funciones como proveedor de servicios para el capital dominante. Articulado por todas las contradicciones que caracterizan a la sociedad –conflictos de clase, diferentes aspectos de la cultura política del pueblo en cuestión, la diversidad de los intereses «colectivos» nacionales, y las expresiones geopolíticas en su defensa–, el Estado es un agente con un papel propio, distinto del capital. ¿Y qué aportará esa dinámica compleja? ¿La sumisión a los intereses inmediatos y exclusivos del capital dominante? ¿U otras combinaciones que regulen las exigencias de la reproducción del capital y las que se manifiestan en otros campos?
26. En la primera hipótesis, dada la ausencia de una institución política común integrada para los países de la tríada, será Estados Unidos, su comandante en jefe, el que lleve a cabo las tareas de ese Estado «global», indispensables para el «buen gobierno» del capitalismo globalizado, y los otros componentes de la tríada aceptarán las consecuencias. Sin embargo, yo diría que en ese caso el «proyecto europeo» quedaría desprovisto de contenido, reducido –en el mejor de los casos– al segmento europeo del imperialismo colectivo, o –en el peor– a la sección europea del proyecto hegemónico estadounidense. Por el momento, las divergencias que se producen de cuando en cuando tienen que ver con la gestión política y militar de la globalización, no con su gestión económica y social. Con otras palabras, ciertas potencias europeas preferirían una gestión política «colectiva» del sistema, mientras que otras aceptan que toda la gestión quede en manos de Estados Unidos.
27. Mientras que en la segunda hipótesis, que equivale a decir que los pueblos de Europa consigan imponer al capital dominante los términos de un nuevo compromiso histórico que defina el papel de los Estados europeos y de la Unión Europea, Europa podría llegar a ser un jugador autónomo. Dicho de otro modo, la opción (y las batallas) por una «Europa social» (esto es, cuyo poder no esté al servicio inmediato y exclusivo del capital dominante) es inseparable de una Europa «no estadounidense». Y eso sólo puede ocurrir si Europa se distancia de la gestión del imperialismo colectivo por el que se definen los intereses del capital dominante. Resumiendo: Europa será de «izquierdas» (con el sobrentendido de que esa definición significa tomar en consideración los intereses sociales de los pueblos de Europa e innovaciones en las relaciones Norte/Sur que susciten una evolución postimperialista real) o no será.
2. SEGUNDA TESIS
28. La estrategia hegemónica de Estados Unidos se articula en el carácter colectivo del nuevo imperialismo y aprovecha las insuficiencias y debilidades de los movimientos sociales y políticos «anti-neoliberales».
29. Esa estrategia, apenas reconocida por sus defensores «proestadounidenses», es objeto en el discurso dominante de dos proposiciones «blandas», no del todo reales, pero operativas, desde el punto de vista de nuestro enemigo. La primera es que esa hegemonía corresponde a un liderazgo «amable», conocido a veces como «hegemonía benigna» por la fracción demócrata del establishment estadounidense. Mediante esa mezcla de falsa ingenuidad e hipocresía real, ese discurso pretende que Estados Unidos sólo actúa en interés de los pueblos asociados a la tríada, motivado por los mismos impulsos «democráticos», y hasta en interés del resto del mundo, al que la globalización ofrece la posibilidad de «desarrollo», reforzado por los beneficios de la democracia que los poderes estadounidenses promueven en todas partes, como sabemos. La segunda es que Estados Unidos goza en todos los dominios de enormes ventajas, ya sean económicas, científicas, políticas, militares o culturales, que legitiman su hegemonía. De hecho, la hegemonía estadounidense funciona a partir de una lógica y un sistema que tiene poco que ver con el discurso que la encubre.
30. Los objetivos de esa hegemonía han sido proclamados en innumerables declaraciones de los líderes estadounidenses (desgraciadamente, poco conocidas por sus víctimas). Tras la caída de la URSS –su único adversario militar potencial– el establishment estadounidense juzgó que contaba con un período de unos veinte años para poner a punto su hegemonía global y reducir a la nada las posibilidades de sus potenciales «rivales», no ya en cuanto que éstos pudieran establecer una hegemonía alternativa, sino ni siquiera afirmar su autonomía en un sistema global «no hegemónico», o como yo prefiero decir, un sistema multicéntrico. Esos «rivales» son, por supuesto, Europa (¡ya no se oye hablar de la posibilidad de una hegemonía japonesa!), y también Rusia y sobre todo China, el principal adversario que Washington puede estar considerando destruir (militarmente) si persiste en su «desarrollo» y en cierta voluntad independiente. Hay que señalar también a otros rivales, en concreto todos los países del Sur que puedan ejercer cierta resistencia frente a las exigencias del neoliberalismo globalizado: India, Brasil, Irán o Sudáfrica.
31. Su objetivo consiste por consiguiente en someter como vasallos a los aliados de la tríada, incapacitarlos para iniciativas globales eficaces, y destruir los «grandes países», siempre demasiado «grandes» (Estados Unidos es el único con derecho a serlo). Desmantelar Rusia, después de la URSS; desmantelar China, India y hasta Brasil; instrumentalizar la debilidad del sistema de poder de cada país; manipular a los antiguos Estados miembros de la URSS y agitar las fuerzas centrífugas de la Federación rusa; apoyar a los musulmanes de Xinjiang y a los monjes tibetanos; alimentar el conflicto con los musulmanes del subcontinente indio; intervenir en el Amazonas (plan Colombia), etc.
32. Con esa perspectiva estratégica Estados Unidos decidió dar su primer golpe en la región que se extiende desde los Balcanes hasta Asia central y atraviesa Oriente Medio y el golfo Pérsico. ¿Por qué esa región para la primera guerra estadounidense del siglo XXI? No porque esa región pueda albergar enemigos serios, sino exactamente por lo contrario, porque es la parte más débil del sistema global, compuesta por sociedades que por diferentes razones son precisamente incapaces de responder a una agresión con una mínima eficacia. Golpear al más débil para iniciar una larga serie de guerras es una estrategia militar clara y corriente. Del mismo modo que Hitler comenzó atacando Checoslovaquia, aunque sus ambiciones iban mucho más allá, en dirección al Reino Unido, Francia y Rusia.
33. La conquista de esa región ofrece otras oportunidades. Al tratarse de un importante productor de petróleo y gas, el control exclusivo de Estados Unidos sometería a Europa a una seria dependencia, reduciendo su eventual maniobrabilidad. Adicionalmente, la instalación de bases americanas en el corazón de Asia facilitará las guerras del futuro, contra China, Rusia y otros enemiogos. El apoyo incondicional a la expansión israelí es lógico dentro de esa perspectiva, ya que Israel es de hecho una base militar permanente al servicio de Washington.
34. La decisión de militarizar la gestión del sistema global no fue tomada sólo por el equipo de Bush Jr. Ha constituido el punto de encuentro de las clases dominantes estadounidenses desde la caída de la URSS; demócratas y republicanos sólo difieren en el tono de su lenguaje. Además, contrariamente a lo que les gustaría que creyeran los ingenuos, esa opción está destinada a mitigar las insuficiencias de la economía estadounidense, cuya competitividad en todos los sectores del sistema productivo se ha venido deteriorando continuamente, como atestigua el déficit comercial que la caracteriza. Al imponerse, no como «líder natural» por sus avances económicos, sino como dictador militar del orden mundial, y Estados Unidos está creando las condiciones que obligarán a sus «aliados» vasallos (Europa, Japón), a pagar su déficit. Estados Unidos ha convertido en una sociedad parásita que no puede mantener su nivel de consumo y despilfarro sin empobrecer al resto del mundo.
3. TERCERA TESIS
35. El momento actual es de extrema gravedad. En ese sentido, las comparaciones con la década de 1930 están muy justificadas. Como Hitler, el presidente de Estados Unidos ha decidido sustituir la ley por la fuerza bruta militar, borrando así todas las conquistas que la victoria de la democracia sobre el fascismo había permitido, condenando a las Naciones Unidas al mismo destino lamentable que la Sociedad de Naciones.
36. Desgraciadamente, el paralelismo va más allá. Fabricación y elección de adversarios menores a fin de ir preparando el terreno para confrontaciones más importantes. Mentiras sistemáticas. Las clases dominantes de los «aliados» actúan como Chamberlain y Daladier con Hitler; ceden e incluso contribuyen a legitimar las guerras estadounidenses a ojos de quienes están engañando.
37. El «movimiento» tiene que entender que, enfrentado a esa estrategia criminal y coherente de su enemigo, ninguna contra-estrategia puede ser eficaz si no adopta como eje principal de su acción la batalla contra las guerras estadounidenses. Hoy en día, ¿de qué valen los discursos sobre la «pobreza» o los «derechos humanos» frente a lo que se prepara a los pueblos en un futuro mucho peor, que se impondrá mediante la violencia militar? Esas guerras, todavía pequeñas (pese a la gigantesca destrucción material y humana de sus víctimas) no constituyen «un problema entre otros», sino que anuncian la estrategia del enemigo.
IV. ELEMENTOS PARA UNA CONTRA–ESTRATEGIA POPULAR
38. Las reflexiones anteriores –si tienen sentido– sólo pueden conducir a una conclusión: el eje principal de las acciones futuras sólo puede ser la organización de acciones contra las «guerras estadounidenses» y la construcción de un amplio frente, compuesto por todas las fuerzas dispuestas a oponerse a ellas. En ese sentido, ofreceré tres propuestas:
39 Primera propuesta: prioridad en Europa a la reconstrucción de una política ciudadana, capaz de hacer converger las demandas de unos movimientos que permanecen terriblemente fragmentados.
40. Para el éxito de los movimientos en sus protestas y demandas sociales son decisivas la construcción de esa fuerza política y la unión de los agentes que puedan ponerla en vigor, esto es, la capacidad para renovar una izquierda real que afronte la integración europea dando una «dimensión social» al mencionado proyecto. Del mismo modo, esa es la condición para que la izquierda pueda separarse de la derecha proimperialista, que acepta el alineamiento con las estrategias imperialistas de Estados Unidos; de otro modo se verá condenada a la «gestión política colectiva» del imperialismo colectivo. En otras palabras, nunca habrá una «Europa social» si no se da un compromiso simultáneo hacia «otra política» frente al resto del mundo, que pueda emprender una transición postimperialista real.
41. Los pueblos de Europa pueden y deben hacer consciente a Estados Unidos de la fragilidad de su posición en el sistema económico del capitalismo globalizado. Si consigue imponer el uso de su excedente de capital para el desarrollo social, en lugar de seguir apoyando el despilfarro estadounidense, obligará al mismo tiempo a Estados Unidos a abandonar sus ambiciones excesivas. Ese objetivo estratégico evidentemente no excluye el apoyo inmediato a los valerosos hombres y mujeres que, en el corazón del sistema, están diciendo «no a la guerra». Sin embargo, soy escéptico sobre la efectividad de la oposición interna en Estados Unidos, en tanto sigan garantizados los privilegios de esa sociedad parásita. La clase dominante estadounidense ha conseguido crear una opinión pública dominante suficientemente insensata, de forma que las protestas de la minoría consciente no podrán evitar el despliegue de la estrategia hegemónica de Estados Unidos.
42. Segunda propuesta: alentar un acercamiento entre los principales centreos euroasiáticos, en concreto Europa, Rusia, China e India.
43. Rusia, con sus grandes reservas de petróleo y gas, significa para Europa su única posibilidad de escapar al diktat estadounidense si Washington consigue materializar sus planes de control exclusivo sobre Oriente Medio. Y dado que la mayor parte del comercio y la inversión exterior en Rusia proviene de Europa y no de Estados Unidos, existe ya un terreno favorable para un acercamiento entre Europa y Rusia, a pesar de las dificultades (derivadas de la gestión «compradora» de la economía rusa a la que están asociadas importantes fracciones de la nueva clase dominante) y de la manipulación del imperialismo estadounidense, que apoya las fuerzas centrífugas que operan en Rusia y otros países de la antigua URSS. También ahí, como en Europa, una evolución favorable que beneficie a la clase obrera exige otra política exterior, que se distancie de Washington.
44. El acercamiento entre Rusia, China e India tendría comou raison d’être la amenaza –militar– que esos tres países afrontan con el eventual éxito del despliegue de Estados Unidos en Asia central. La diplomacia estadounidense está dificultando tanto como puede ese acercamiento en su propio beneficio, movilizando en su provecho las contradicciones que entre las perspectivas políticas de esos tres países y apoyando a las fracciones compradoras de sus clases dominantes. Pero por encima de los conflictos geopolíticos que suscitan fricciones fronterizas entre China e India, o Tibet y el Xinjiang, por encima de las manipulaciones de Washington que «apoyan» a la India contra China y al mismo tiempo agita a Pakistán y provoca conflictos entre los musulmanes e hindúes de la India, la estrategia de las fuerzas populares –definida en esta fase por las demandas de la constitución de un frente anti-comprador– tiene que contrarrestar, como en otros lugares, las relaciones directas que mantienen los gestores «compradores» (que ya están al mando en Rusia e India y amenazan estarlo pronto en China) con las exigencias del diktat geopolítico estadounidense.
45. Tercera propuesta: resucitar la solidaridad entre los pueblos afroasiáticos (el espíritu de Bandung), dando nueva vida a la «Tricontinental».
46. Esa solidaridad entre los pueblos del Sur supone hoy día su lucha contra los poderes compradores producidos y apoyados por la globalización «liberal». Los temas planteados más arriba con respecto a la alternativa –progreso social, democratización, autonomía nacional– encontrarán ahí su razón de ser.
47. Caben pocas dudas de que la legitimidad de esos poderes compradores está siendo cuestionada en muchos países del Sur. Sin embargo, las respuestas de los pueblos del Sur a los desafíos que les plantean el nuevo sistema imperial y la liberalización hacen difícil el avance de alternativas definidas en términos de democratización, progreso social y construcción de una interdependencia global justa y negociada. Por diferentes razones, y pese a su erosión, las fórmulas populistas nacionales que caracterizaron el período anterior y que brotaron de los movimientos de liberación nacional y de prácticas autocráticas de gestión política (pese a la retórica «democrática») todavía dominan en varios países, mientras que las clases populares desencantadas encuentran frecuentemente refugio en ilusiones étnicas o religiosas de tipo «fundamentalista», en su mayor parte manipuladas por las clases dominantes compradoras locales, apoyadas por el imperialismo y en particular por Estados Unidos. Eso supone un auténtico retroceso, contra el que hay que luchar lúcidamente y con valor; y hoy día constituye un obstáculo importante para la reconstrucción de la solidaridad entre los pueblos afroasiáticos (al intensificar los conflictos criminales entre musulmanes e hindúes aquí, hutus y tutsis allí, etc.). El callejón sin salida que suponen esas regresiones «comunales» halla su manifestación más extrema en personaje tan cuestionables como los talibán, Ben Laden o Saddam Hussein, que en su momento se beneficiaron del generoso apoyo de la CIA para convertirse más tarde en enemigo público número uno de Estados Unidos, y que por ese mismo hecho pueden aparecer como tales a los ojos de largas franjas de la opinión pública.
48. El contrapunto se está estableciendo a partir de la reconstrucción de alianzas nacionales, populares y democráticas como las que han derrocado a algunos dictadores (por ejemplo en Malí), o también el apartheid en Sudáfrica, y que impulsaron igualmente la victoria de Lula en Brasil. Esos avances –modestos cuando se comparan con la envergadura actual de la agresión imperialista– son sin embargo heraldos potenciales del renacimiento del frente de los pueblos del Sur.
V. A GUISA DE CONCLUSIÓN:
49. Las luchas por la justicia social, la democracia y un orden internacional equitativo y multicéntrico son inseparables. El establishment estadounidense lo entiende perfectamente, y por eso se adelanta a establecer su propio orden internacional hegemónico, sustituyendo la ley la justicia internacional por el uso de la fuerza bruta militar. Y como ése es su único medio para imponer un orden social neoliberal inicuo, condenan a la democracia, allí donde existe, a la degradación, y la hacen imposible en los demás lugares. Los movimientos de resistencia y las luchas populares deben entender eso. Deben entender que sus planes de progreso social y democracia no tienen futuro si no se pone freno al plan estadounidense de hegemonía militar.